1.500.000 catalanes pidiendo la independencia. Twitter y los comentarios de todos los periódicos llenos de gente insultándose en todos los idiomas posibles. Bueno no, ahí he sido un poco exagerada, he leido comentarios en cuatro idiomas: Catalán, Español, Euskera y Galego. Sin embargo lo de los insultos sí que es verdad. Y por todos los lados, que aquí santos hay poquitos.
La verdad es que no entiendo muy bien lo de los nacionalismos, seré rara. No entiendo como a nadie le puede ir la vida en defender que es una cosa y que no es lo otro. Pero ojo. No entiendo ni el nacionalismo catalán, ni el español, ni el vasco, ni el gallego, ni ningún otro.
Si me tuviera que presentar a un hipotético extraterrestre que viniera del espacio, empezaría por preguntarle de donde viene, para a continuación explicarle, en función de donde viniera, que estamos en una galaxia que llamamos Vía Láctea, en un sistema planetario que gira alrededor de una estrella que llamamos Sol. Dentro del sistema solar, en el tercer planeta más cercano al sol, al que llamamos Tierra.
Le explicaría que la tierra está dividida en cinco continentes, aunque no hay unanimidad en los criterios para definirlos (por lo que algunos cuentan desde 4 hasta 7). Le contaría que el continente en el que vivo es Europa, en un país que es España, que a su vez está dividido en comunidades autónomas, provincias, ciudades, barrios, calles, portales, pisos y así llegaría a enseñarle cuál es mi casa. Dentro de mi casa le enseñaría las distintas habitaciones y quién duerme en cada una de ellas.
Sí claro —estaréis pensando—, esta tía se cree galáctica.
La verdad es que no. Quedaría muy bien decir eso de: —Soy ciudadana del mundo —pero no nos vamos a engañar, eso como que no me llena. No es verdad que me sienta ciudadana del mundo, no me siento identificada para nada con un pigmeo, un esquimal o un tuareg. No por nada, simplemente tienen una vida tan distinta de la mía que no encuentro afinidad alguna. Esto no quiere decir que no respete su cultura, pero no puedo sentirme identificada en un grupo que nos incluya a los dos como miembros.
Ahora bien, decir que soy vasca y no española, o al reves, es una cosa que tampoco me llena. Sin necesidad de salir del barrio, sin necesidad de salir de mi portal, me encuentro con personas que no tienen absolutamente nada que ver conmigo. Tienen otra forma de vivir, otros trabajos, otros gustos y aficiones. A lo largo del día me cruzo con un montón de personas cuya forma de vida en nada se parecen a la mía. Por contra, tengo amigos en otras ciudades, en otras comunidades autónomas y en otros paises, que aún no hablando ni euskera ni español, tienen mucho más en común conmigo. Entonces, ¿Por qué los voy a meter en un grupo del que no formo parte yo, y no dejarlos entrar en el mio?
Porque el nacionalismo al final se trata de eso. De diferenciar. De sentirnos iguales a unos a partir de sentirnos diferentes a otros. Por eso creo que los nacionalismos están fuera de lugar. Los defensores de los nacionalismos se empeñan en hacernos ver diferencias que no existen. Dan mucha importancia a las tradiciones, a los deportes rurales... a cosas que en definitiva no forman parte de nuestra vida cotidiana. Porque me pregunto yo: —¿Realmente hay alguien que cuando llega el fin de semana se pone a levantar piedras y a hacer castells? —Yo creo que no. La duda es por qué entonces nos tenemos que sentir más afines a alguien porque cuatro veces al año vistamos la misma ropa tradicional y practiquemos (o veamos) los mismos deportes rurales, que con alguien que lleva los 361 días restantes del año una vida similar a la mía.
Sinceramente no lo entiendo. O mejor dicho, no lo entendería si no fuera por los partidos políticos nacionalistas que se empeñan en buscar y hacer notar esas diferencias, aún cuando sean ficticias. Entiendo que los políticos sean nacionalistas, es su juego. Los políticos (no todos, ojo, pero sí muchos), tienen un afán desmedido de control y poder, y si es económico mejor. Por eso, el independentismo es interesante para los políticos, porque aumenta sus cuotas de poder y control sobre el dinero de los impuestos, que al final es de lo que va este rollo. Por eso surgen y surgirán grupos de personas que quieren independizarse de algo, de un país, una provincia, una ciudad... Del mismo modo, estos políticos serán unos ferreos defensores de la unidad identitaria, oponiéndose a cualquier tipo de secesión dentro de su dominios. Ejemplos de lo primero hay muchos, no solo los ya comentados independentismos catalán, vasco y gallego, sino tambíen a nivel de las ciudades y pueblos (por proximidad citaré el caso del barrio de Igeldo en San Sebastián, que quiere independizarse y ser una población con ayuntamiento propio). Ejemplos de lo segundo también. El más obvio es el del gobierno español, que no quiere oir hablar de independentismos. A su vez los gobiernos catalán, vasco y gallego no quieren oir hablar de secesiones internas. Y si no pregunten a cualquiera de ellos si aceptarían, por ejemplo, que Alava no formase parte de un hipotético País Vasco independiente, o Gerona de Cataluña. Más al contrario, así como los vascos no solo cuentan para su nación independiente con Navarra, las tres provincias francesas, e incluso si me apuras con parte de La Rioja, y Castro y Laredo en Cantabria, los catalanes incluyen en sus deseos soberanistas a una nación formada por Cataluña, Valencia, Baleares, franja poniente de Aragón, Andorra y Alguer, formando los Países Catalanes.
Vamos, que esto es así a todas las escalas. Los subgrupos dentro de un grupo grande quieren separarse del supergrupo maximizando las diferencias con el resto de los subgrupos, estando dispuestos a incorporar a otros subgrupos al nuevo supergrupo formado. Claro está, siempre bajo su tutela. Por supuesto, ningún subgrupo acepta estar formado a su vez por subgrupos, y ni que decir tiene que la secesión de estos no está contemplada.
Si sustituimos los subgrupos y el supergrupo, por las distintas entidades político-administrativas existentes, barrios, ciudades, provincias, comunidades autónomas, paises... vemos que todas tienen un comportamiento muy similar. De cara a los supergrupos, maximizar diferencias. De cara a los subgrupos, minimizarlas. Y la clave está en este concepto, "entidad político-administrativa". Eso es lo único que les preocupa a los políticos. Todo lo demás son adornos para ganar adeptos a su causa.
Está claro, no soy nacionalista, lo admito. Pero ni vasca ni española ni europea ni nada de nada. En mi día a día creo que no me afecta (en el plano teórico) pertenecer o no a un determinado país o pertenecer a uno más pequeño. Me da igual que me gobiernen desde el ayuntamiento,la diputación, el gobierno autonómico o el nacional. Lo que me importa es que el que me gobierne sea justo, ético y legal. Si va a serlo más un gobernante autónomico pues bienvenida sea la secesión, si lo va a ser el nacional pues bienvenida la unidad nacional. Ahora bien, si de verdad el que más va a mirar por mis intereses va a ser un gobernante de mi barrio, entonces ese quiero que gestione el dinero de mis impuestos.
Así pues, no soy nacionalista, no soy independentista, pero si apoyo el derecho a la autodeterminación. Claro que sí. Defiendo el derecho a que decidamos a que nación deseamos pertenecer. Eso sí, espero que todas y cada una de las personas que piden el derecho a la autodeterminación la acepten y permitan también para secesiones internas. No se puede decir que Cataluña no es España, pero impedir que por ejemplo Tarragona diga: — Tarragona no es ni España ni Cataluña. Queremos ser una nación independiente que trate de tú a tú con España y Cataluña en el marco de la Unión Europea. Cualquier otra postura es infame y deja claros unos intereses ocultos.
Lo triste es que haya miles de personas, millones, que se dejen arrastrar por los intereses de unos pocos, que para más inri se valen de ellos para conseguir sus objetivos.
Por otro lado, puestos a buscar diferencias entre las personas, de formar grupos excluyentes, encuentro más sentido a un sistema de castas, donde cada casta esté formada por personas del mismo entorno económico-social, que un grupo heterogéneo en el que el nexo de unión es haber nacido en el mismo sitio. Con esto no estoy defendiendo un sistema de castas, ni por asomo, solo digo que el nacionalismo no me parece moralmente más defendible.
En fin, seguramente estoy totalmente equivocada y me merezco que saltéis a mi yugular, pero a día de hoy, si por algo o alguien tengo que salir a la calle, gritar hasta que me duela el pecho, no es ni por una bandera, ni por un trocito de mapa. Ni siquiera por un idioma, porque estaría dispuesta a renunciar al euskera o el castellano en pro del inglés, y que en todo el mundo pudieras entenderte con cualquier persona (Sí, esa con la que, a pesar de vivir a miles de kilometros de distancia, tienes más en común que con tu vecino el del primero). Si tengo que salir a gritar a la calle será para defender a mis hijas, a mi marido y mis padres, al resto de mi familia y amigos. Todo lo demás es accesorio.
Cuando el sentimiento nacionalista esté por delante de tu familia y tus amigos, cuando en un extranjero veas a un posible enemigo, hay algo que va mal.
P.D: Por cierto, me encantan las réplicas, si son educadas y fundamentadas, así que anímate a contestar... agradezco los comentarios y son bienvenidos.
Sinceramente no lo entiendo. O mejor dicho, no lo entendería si no fuera por los partidos políticos nacionalistas que se empeñan en buscar y hacer notar esas diferencias, aún cuando sean ficticias. Entiendo que los políticos sean nacionalistas, es su juego. Los políticos (no todos, ojo, pero sí muchos), tienen un afán desmedido de control y poder, y si es económico mejor. Por eso, el independentismo es interesante para los políticos, porque aumenta sus cuotas de poder y control sobre el dinero de los impuestos, que al final es de lo que va este rollo. Por eso surgen y surgirán grupos de personas que quieren independizarse de algo, de un país, una provincia, una ciudad... Del mismo modo, estos políticos serán unos ferreos defensores de la unidad identitaria, oponiéndose a cualquier tipo de secesión dentro de su dominios. Ejemplos de lo primero hay muchos, no solo los ya comentados independentismos catalán, vasco y gallego, sino tambíen a nivel de las ciudades y pueblos (por proximidad citaré el caso del barrio de Igeldo en San Sebastián, que quiere independizarse y ser una población con ayuntamiento propio). Ejemplos de lo segundo también. El más obvio es el del gobierno español, que no quiere oir hablar de independentismos. A su vez los gobiernos catalán, vasco y gallego no quieren oir hablar de secesiones internas. Y si no pregunten a cualquiera de ellos si aceptarían, por ejemplo, que Alava no formase parte de un hipotético País Vasco independiente, o Gerona de Cataluña. Más al contrario, así como los vascos no solo cuentan para su nación independiente con Navarra, las tres provincias francesas, e incluso si me apuras con parte de La Rioja, y Castro y Laredo en Cantabria, los catalanes incluyen en sus deseos soberanistas a una nación formada por Cataluña, Valencia, Baleares, franja poniente de Aragón, Andorra y Alguer, formando los Países Catalanes.
Vamos, que esto es así a todas las escalas. Los subgrupos dentro de un grupo grande quieren separarse del supergrupo maximizando las diferencias con el resto de los subgrupos, estando dispuestos a incorporar a otros subgrupos al nuevo supergrupo formado. Claro está, siempre bajo su tutela. Por supuesto, ningún subgrupo acepta estar formado a su vez por subgrupos, y ni que decir tiene que la secesión de estos no está contemplada.
Si sustituimos los subgrupos y el supergrupo, por las distintas entidades político-administrativas existentes, barrios, ciudades, provincias, comunidades autónomas, paises... vemos que todas tienen un comportamiento muy similar. De cara a los supergrupos, maximizar diferencias. De cara a los subgrupos, minimizarlas. Y la clave está en este concepto, "entidad político-administrativa". Eso es lo único que les preocupa a los políticos. Todo lo demás son adornos para ganar adeptos a su causa.
Está claro, no soy nacionalista, lo admito. Pero ni vasca ni española ni europea ni nada de nada. En mi día a día creo que no me afecta (en el plano teórico) pertenecer o no a un determinado país o pertenecer a uno más pequeño. Me da igual que me gobiernen desde el ayuntamiento,la diputación, el gobierno autonómico o el nacional. Lo que me importa es que el que me gobierne sea justo, ético y legal. Si va a serlo más un gobernante autónomico pues bienvenida sea la secesión, si lo va a ser el nacional pues bienvenida la unidad nacional. Ahora bien, si de verdad el que más va a mirar por mis intereses va a ser un gobernante de mi barrio, entonces ese quiero que gestione el dinero de mis impuestos.
Así pues, no soy nacionalista, no soy independentista, pero si apoyo el derecho a la autodeterminación. Claro que sí. Defiendo el derecho a que decidamos a que nación deseamos pertenecer. Eso sí, espero que todas y cada una de las personas que piden el derecho a la autodeterminación la acepten y permitan también para secesiones internas. No se puede decir que Cataluña no es España, pero impedir que por ejemplo Tarragona diga: — Tarragona no es ni España ni Cataluña. Queremos ser una nación independiente que trate de tú a tú con España y Cataluña en el marco de la Unión Europea. Cualquier otra postura es infame y deja claros unos intereses ocultos.
Lo triste es que haya miles de personas, millones, que se dejen arrastrar por los intereses de unos pocos, que para más inri se valen de ellos para conseguir sus objetivos.
Por otro lado, puestos a buscar diferencias entre las personas, de formar grupos excluyentes, encuentro más sentido a un sistema de castas, donde cada casta esté formada por personas del mismo entorno económico-social, que un grupo heterogéneo en el que el nexo de unión es haber nacido en el mismo sitio. Con esto no estoy defendiendo un sistema de castas, ni por asomo, solo digo que el nacionalismo no me parece moralmente más defendible.
En fin, seguramente estoy totalmente equivocada y me merezco que saltéis a mi yugular, pero a día de hoy, si por algo o alguien tengo que salir a la calle, gritar hasta que me duela el pecho, no es ni por una bandera, ni por un trocito de mapa. Ni siquiera por un idioma, porque estaría dispuesta a renunciar al euskera o el castellano en pro del inglés, y que en todo el mundo pudieras entenderte con cualquier persona (Sí, esa con la que, a pesar de vivir a miles de kilometros de distancia, tienes más en común que con tu vecino el del primero). Si tengo que salir a gritar a la calle será para defender a mis hijas, a mi marido y mis padres, al resto de mi familia y amigos. Todo lo demás es accesorio.
Cuando el sentimiento nacionalista esté por delante de tu familia y tus amigos, cuando en un extranjero veas a un posible enemigo, hay algo que va mal.
P.D: Por cierto, me encantan las réplicas, si son educadas y fundamentadas, así que anímate a contestar... agradezco los comentarios y son bienvenidos.
